"Porque los ratos para el arte son ratos robados a la vida: paréntesis en la prosa grisácea del día a día."

Sir Percival de Garethland von Liekest - Prosa Medieval -

miércoles, abril 23, 2008

Wilson, el pintor

Wilson se incorpora y se estrena con nosotros con un par de cuadritos muy chulos. La temática es distinta, y creo poder destacar sin equivocarme los juegos de luces/sombras, y los degradados, que no han debido ser fáciles para el autor. Espero que sepáis apreciar el talento artístico y el esfeurzo de este embrión de arquitecto.Y creo que ya he dicho bastante para desvelar su verdadera identidad. Sin más historietas, que huelgan aquí:

Chillón:


Griegos:


- Wilson -

jueves, abril 17, 2008

Montaje Matrix

RedOrav quería compartir con vosotros este montaje que hizo hace un tiempo, realmente está inspirado en un tutorial que encontró por internet, pero el resultado es suyo así que, en honradez, puedo colgarlo con su firma. Espero que os guste. Haced click en la imagen para agrandarla.

P.D. Si alguno sabe quién es la persona de la foto, que lo diga. ¡Yo no lo sé!



- RedOrav -

martes, abril 08, 2008

Suave Poesía

Tenemos el inmenso honor de publicar este poema de Carlota, quien demuestra una vez más su gran talento para expresar todos los sentimientos que 'viven' dentro y hacer partícipes a los demás de ellos. Por favor, ¡sigue adelante!

P.D.Comentad si os gusta el poema, ¡que agradecer no cuesta nada!


'Siempre y callas'


Cuando araño tus respuestas,
me comprometo a no gritar.
Sabes que revuelvo y rompo tus palabras.
Por eso, yerto vacío
silencioso sella los labios
que, mudos, no musitarán más versos.
Pregunto,
y anegas las frases pronunciadas
en tu boca. Me ahogo con ellas
y sin aire me comprometo siempre.
Pregunto,
¿siempre?
En la inseguridad de tu mirada se juntan
hirientes las palabras silenciosas.
Las destrozo y las borro,
letra a letra. No me sirven.
Sólo quise ser, lo sabes,
dulce despertar del sueño agrio;
tierno abrazo que mece
una única forma: nosotros;
envuelta en la sombra que calla
la nana encantada
del silencio eterno.

- Carlota Soto -

jueves, marzo 06, 2008

Amélie se nos une con Pink

Tengo una grata sorpresa que daros a todos vosotros. A partir de hoy tenemos una nueva contribuyente a nuestro pequeño blog. Tiene un gran talento artístico y pronto empezará, Dios mediante, la carrera de Bellas Artes. Para demostrar su potencial, ha querido contribuir con un par de obritas propias, retratos de personajes famosos de actualidad. Los dibujos hablan solos, y lo digo de forma casi, casi literal, porque solamente les falta eso, hablar. Disfrutadlos.

Bardem:

Pink:

- Amélie -

sábado, febrero 16, 2008

Pigmalión y sus ensayos

En esta entrega publicamos un par de trabajos breves de Pigmalión. Debo indicar que uno de ellos me ha sorprendido por la originalidad del tema, y el otro por lo descriptivo y voluptuoso. Juzgad vosotros mismos.

Rebobinado

Hay alguien que me vive muy de cerca. Tiene mi misma cara, mis mismas manos, mi mismo cuerpo, mi misma mente, pero no soy yo. Me conoce, me sigue en todo momento. Me sigue, pero no me alcanza. Siempre está unos segundos por detrás, repitiéndome, imitándome. Una copia desfasada, una burlesca caricatura, un plagio insultante. Ahora mismo habrá empezado a escribir: “Hay alguien que me vive muy de cerca. Tiene mi misma cara, mis mismas manos…” Aunque lo que no sabe mi alter ego es que planeo acabar con él. Por fin me libraré de esa asfixiante presencia, de esta maldita persecución, de ese retrasado… ¡ARGH!

Lo logré. Me he deshecho de mi precursor. Ingenuo… ahora tengo yo el control. ¡Soy libre! Un momento. ¿Qué es esto que me oprime? ¿Qué es esta extraña resonancia como entre el sueño y la vigilia? ¿Qué? ¿Qué? ¿Qué? No, no, no… ¡ARGH!

Un beso

Un beso. Una descarada invasión del espacio vital, un ataque frontal a la distancia mínima de seguridad. Reposar la carne blanda alrededor de boca en la piel ajena, succionando las vellosidades microscópicas erizándolas como púas indómitas. Un conjunto húmedo y caliente que se acerca ávido de fusión, de contacto, de contagio. Y se convierte en un agujero absorbente y hambriento, oquedad viscosa contra superficie árida, un derrame voraz más un pitido final penetrante y doloroso, en ocasiones sanguinariamente prolongado.

- Pigmalión -

martes, febrero 05, 2008

Obras de Arte

¡Con esta nueva contribución llegamos a las 10 entradas! Poco a poco va creciendo nuestra pequeña semillita, y estamos viendo cosas muy interesantes, en verdad os lo digo. Por ejemplo estas 2 obritas de arte, que nos trae Mafalda. Una imagen vale más que mil palabras y dos... pues más que dos mil.


· "La joven de la Perla" de Vermeer



· "Interior con figura femenina" de Santiago Rusiñol


- Mafalda -

domingo, enero 13, 2008

Max´s Alto Mando

Dado que el alto mando me prohíbe explayarme en las introducciones a las obras que él mismo manda, os presento su nueva entrega de forma escueta. Disfrutadla.

'Alto Mando'

La cabecilla rubia apoyada en el hombro de su hermana, el niño dormía.


De cuando en cuando, los faros de vehículos que se cruzaban en la carretera iluminaban su rostro durante unos instantes. Cada vez que esto sucedía, el techo acolchado de la furgoneta, los asientos y sus respaldos se hacían visibles de manera intermitente.

El chico despertó de pronto, y se quedó muy quieto contemplando los juegos de luz en el interior del vehículo.

Al poco, comenzó a moverse, muy despacio. Entre la oscuridad buscó el enganche de su cinturón y lo soltó con un chasquido sordo. El padre alzó la cabeza al escuchar ruido y escudriñó el coche dormido a través del retrovisor. Vio cómo el chico saltaba una fila de asientos para llegar hasta él, y cómo en el camino pisó sin querer el brazo de uno de sus hermanos, que gruño, murmuró algo y se revolvió en sueños. Fijó su atención en la carretera de nuevo mientras sentía un pequeño bulto apretujarse contra su brazo. Intentó borrar el gesto cansado de su expresión, y esbozó una media sonrisa a la vez que el niño susurraba:

- Hola, papi.

El padre sujetó el volante con una mano mientras, con el otro brazo, acariciaba la cabecita con cariño.

- Hola, hijo…, oye… ¿Por qué no duermes un poco, eh?

- Es que no tengo sueño, papá… ¿Puedo quedarme aquí contigo un ratito?

- Claro.

Devolvió la mano libre al volante, y el pequeño quedó así, agarrado al enorme brazo. Durante unos segundos ninguno dijo nada. Luego el chiquillo rompió el silencio en otro susurro:

- Oye, papi… ¿Podemos volar un rato ahora?

- ¿Ahora? Hijo, creo que ahora no vamos a poder.

- ¿Por? El otro día lo ‘dijistes’, ‘dijistes’ que nuestra furgoneta podía.

- Sí, es cierto, pero…

El padre dejó la frase en el aire e intentó buscar una respuesta convincente, pero tardó demasiado. El chico insistió con impaciencia:

- ¿Pero qué?

- Pues que aquí… hay demasiados árboles. ¿No los ves, a los lados de la carretera?

- ¿Y?

- Pues que no podemos desplegar las alas con tanto árbol… se darían contra los troncos y se romperían…

- Pero… ¿son tan largas las alas, papá?

- Sí, hijo, muy largas. Se romperían.

- ¡Ah…!

El padre miró de reojo a su hijo.

- Tú no quieres que se nos rompan, ¿verdad?

- No, no. Es verdad. Mejor volamos otro día.

El niño dejó caer la cabeza y miró al suelo, un poco desilusionado. El padre lo notó.

- Bueno, si quieres podemos… pero no, no creo que te guste.

- ¿El qué? -preguntó el chico volviéndose, pues ya se iba a su sitio.

- No importa. Mejor, vete a dormir.

- No, no. Dímelo, ‘porfa’…

- Bueno… si quieres, podemos disparar luz…

- ¿Luz? -exclamó, sorprendido.

- No me lo puedo creer. ¿Nunca has disparado luz?

- No… ¿Cómo se hace?

- Mira, ven. Pasa por aquí… así. Ten cuidado con mamá, que está dormida.

El chico pasó a duras penas por encima de la palanca de cambios y se acomodó en su regazo, entre él y el volante. El padre sujetó los mandos con más fuerza.

- Ya estoy, papi.

- Vale. Ahora tienes que tener cuidado, porque esto puede ser peligroso…
No toques nada sin que yo te lo diga, ¿Vale? ¿Estás preparado?

- Vale. Sí, estoy preparado. Estoy preparado –Repitió como para convencerse a sí mismo.

- “De acuerdo, soldado” –simuló una voz gruesa y autoritaria; al chaval le llevó unos segundos entender que todo formaba parte del juego–. ¡Quite el seguro de los cañones de rayos de luz! (ésa rueda de ahí)… –la manita giró con cierto esfuerzo la rueda de la calefacción, de siete a cero–…los ventiladores están refrigerando los compartimentos del depósito de rayos de luz. (¿Ves que sale aire frío?)

- ¡Sí, sí, papi, es verdad!

- ¿Cómo que ‘papi’, soldado? Querrá usted decir ‘mi General’…

- Es verdad, mi General –repitió el chiquillo, riendo.

- Shhh… ¡Vas a despertar a mamá!

- Perdón… –el chaval bajó la cabeza.

- Bueno, venga, no pasa nada…

…¡soldado!

- ¡A la orden, mi general!

- ¡Active el panel de control!

-¡Sí, señor!

Ayudado por el general, el chico apretó un botón, y símbolos, contadores y manecillas surgieron de la nada, brillando en azul verdoso. El padre pisó un poco el acelerador para que el soldado sintiera la sensación de velocidad.

- ¡Uaaa!

- ¡Compruebe si nos quedan rayos en el depósito!

- Sí, hay.

- (No, no. Tienes que decir ‘comprobado’.)

- Ah. ¡Comprobado!

- Compruebe que los cañones están listos y preparados.

- ¡Comprobado!

- Rampas y escotillas.

- ¡Comprobadas!

- Ventilación.

- ¡Comprobada! ¡Señor, sí, señor!

El general rió la ocurrencia de su soldado.

- ¿Quién te ha enseñado eso?

- Pues no sé… lo habré visto… en la tele.

- Ya… demasiada tele ves tú. Pero bueno, nosotros, a lo nuestro. Tenemos una misión que cumplir.

- Eso.

- ¿Todo, listo, soldado?

- ¡Todo listo, General!

- Entonces… sólo hay que esperar a que aparezca un enemigo.

- Papá… ¿Quiénes son los enemigos?

- Pues el resto de los coches, claro…

- ¡Ah! Vale, vale.

El General atisbó el horizonte a través del periscopio.

- ¡Mira por el retrovisor! ¡Ahí viene uno! ¡Prepárense para entrar en combate…! –el chiquillo se removió en el regazo– ¡Cierre de escotillas de proa! –el padre redujo la marcha para que el coche que les estaba alcanzando les pasara más fácilmente– reduzcan a 1000 pies, 900, 800, 700… –el general daba vueltas al sintonizador de radio– ¡650! ¡Listos! El enemigo se acerca… ya está aquí… –el niño temblaba de emoción– ¡AHORA! ¡FUEGO!

Cuando el enemigo les adelantó por la izquierda, el padre cogió la manita del soldado y la puso encima de la palanca de cambio de luces, y presionó hacia abajo y hacia arriba, intercalando las dos, largas y cortas. A través de la niebla que envolvía a los dos coches se proyectaron dos rayos de luz, que parecían disparados desde un coche y alcanzaban al otro, y éste se iluminaba intermitentemente según se alejaba, sorprendidos sus ocupantes, por la oscura y solitaria carretera. El padre reía mientras el hijo simulaba ruido de cañones.

- ¿Pero qué está pasando aquí? –Tanta risa había despertado a la madre– ¡Carlos, por favor, baja a ese niño de ahí!

- ¡Que no, mamá, que no soy un niño, soy un soldado!

- ¡Qué soldado ni qué narices! ¡Ahora mismo te quiero ver en tu asiento y con el cinturón puesto!

El chico se despegó del general, enfurruñado, y, antes de volver a saltar la fila de asientos, se volvió a su padre, que, en un descuido de la mujer, le lanzó una sonrisa furtiva acompañada de un rápido guiño. El hijo intentó devolvérselo, pero aún no había aprendido a guiñar, y al intentar cerrar un solo ojo se le cerraba el otro también. Finalmente volvió a su asiento y enganchó el cinturón de nuevo. El coche dormido escuchó cómo la madre regañaba a su general:

- …si es que a veces eres un crío más…

- Perdona, mujer…

- Pero si es que estás loco… ¿Y si por la tontería tenemos un accidente?

- …era sólo para que el chico se divirtiera un rato…

- El chico que se divierta como pueda, pero tú no hagas más el idiota a ver si nos vas a matar a todos.

- Bueno, mujer, bueno…

Ella se revolvió en el asiento, situándose de cara al exterior del vehículo. Sus manos, antes crispadas, se relajaban poco a poco; y las arrugas de su ceño fueron suavizándose mientras se alejaba en sueños, hasta desaparecer por completo. El general fijaba su vista en la carretera e intentaba concentrarse en ella. Al poco rato, su esposa dormía ya. Ajustó el retrovisor para ver bien al chaval, que dormía también, la cabecita rubia temblequeando contra la ventana. La sonrisa que asomó a sus labios se deshizo en una mueca indefinida al posarse su vista en la espalda de su mujer, y en la blusa desteñida que, de puro gastado, había pasado de aquel blanco impresionante a un gris viejo; casi amarillento.


Volvió la mirada a la carretera y se restregó los ojos. En la próxima estación de servicio pararía a tomar un café bien cargado. Aún quedaba mucha noche por delante.

- Max Estreya -

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